Sobre la naturaleza de la ciencia

Manuel José Andreu Guerrero

Suele considerarse que, ante la diversidad de disciplinas científicas reconocidas, la existencia de un método científico único, común a todas ellas, constituye la esencia de una naturaleza disciplinar que las agrupa inequívocamente bajo una misma bandera. Al menos, así se transmite a los alumnos de disciplinas científicas en textos didácticos de distintos niveles educativos, incluidos los universitarios.

En estos textos, el método científico se presenta a modo de protocolo de actuación ante la realidad, en el que se reconocen una serie etapas que son aplicadas de modo similar en toda actividad científica y que permiten distinguir el conocimiento científico del que no lo es. A los alumnos se les enseña habitualmente que el científico emplea siempre el mismo método hipotético-deductivo en su actividad: observa la naturaleza que le rodea, se plantea o delimita un problema acerca de lo observado, elabora una hipótesis, y luego deduce su validez a través de la experimentación y/o razonamiento. Parece evidente para casi todos que esta forma de definir la identidad de la Ciencia viene dada por la necesidad de una transposición didáctica (el proceso de adaptación de los conocimientos de una disciplina tal y como son desarrollados por los profesionales de la misma, para acercarlos a los aprendices de esa disciplina que pretenden comprenderlos). Sin embargo, esta simplificación, justificable en contextos pedagógicos, puede desembocar en una comprensión errónea de la Ciencia real, a juicio de una parte de los filósofos de la Ciencia. En los últimos años se debate con fuerza entre los profesionales de este campo cuál es la verdadera naturaleza de ésta, y si realmente puede reconocerse un método científico único y común a toda actividad científica real, más allá de concepciones puramente formales.

A grandes rasgos se reconocen dos formas principales de concebir la naturaleza de la Ciencia: una concepción denominada esencialista y otra basada en el concepto de familia de semejanza. El concepto esencialista de Ciencia considera que es posible definir una serie de principios concretos y rigurosos que son propios de toda actividad científica y que, por tanto, definen su naturaleza trazando unos límites precisos. Según este concepto de Ciencia sería correcto emplear la expresión "el método científico" para referirse a un único modo de actuar en toda actividad de la Ciencia. Por el contrario, el concepto no esencialista de la Ciencia considera que ésta se halla constituida por una serie de actividades, métodos y conocimientos paradigmáticos, que son aceptados de forma generalizada como referencia de comparación (por ejemplo, la teoría de la selección natural, los esquemas de procedimiento de la química combinatoria, el cálculo de la velocidad de la luz, el discurso matemático de la teoría de la relatividad,...) y además, un amplio conjunto de actividades, métodos y conocimientos que se aceptan como propios de la Ciencia por su semejanza con el primer grupo. Según esta segunda visión de la Ciencia, en la práctica no es posible determinar un método científico único que defina de forma común la naturaleza de todas las disciplinas científicas, e incluso se defiende que los límites de la Ciencia no siempre pueden definirse con precisión.

Entre los defensores de este segundo concepto, algunos sostienen que muchos de los principios que se consideran parte de la naturaleza de la Ciencia (entre ellos la existencia de un único "método científico") no pueden ser aplicados a algunas actividades que, sin embargo, son generalmente aceptadas como parte de la Ciencia [Alters. 1997. J. Res. Sci. Teach. 34:39-55] y, por lo tanto, definir una verdadera naturaleza de la Ciencia es una tarea imposible. Por el contrario, otros autores buscan un consenso entre posiciones ortodoxas y críticas y afirman que en la actual discusión sobre la naturaleza de la Ciencia es posible distinguir una serie de áreas de consenso, aunque también existen otras de desacuerdo [Eflin et al. 1999. J. Res. Sci. Teach. 36:107-116].

Para estos últimos, existe un consenso generalizado para los siguientes principios: (1) El principal propósito de la Ciencia es adquirir conocimientos sobre el mundo físico, (2) Existe un orden subyacente en el universo, que la Ciencia intenta describir del modo más simple y comprensivo posible, (3) La Ciencia es dinámica, cambiante y experimentadora, y (4) No existe un único método científico. Por otra parte, estos autores reconocen al menos dos áreas de desacuerdo entre los filósofos de la Ciencia.

Una primera cuestión de debate se refiere a si la generación del conocimiento científico depende o no de implicaciones teóricas y de factores sociales y/o históricos. Aunque todos los autores reconocen la existencia de tales influencias, el desacuerdo aparece a la hora de evaluar su importancia en el desarrollo del conocimiento científico. Para algunos filósofos "el hombre ve el mundo a través de las lentes de teorías construidas antes que el propio conocimiento individual" [Alters. 1997. J. Res. Sci. Teach. 34:39-55], por lo que las concepciones teóricas previas determinan de una forma muy decisiva el camino que seguirá la elaboración de nuevos conocimientos. En la misma línea, es muy conocida la importancia que T.S. Kuhn concede a los factores sociales e históricos a este respecto. Alternativamente, otros autores [Kimball. 1967. J. Res. Sci. Teach. 5:110-120] consideran que la Ciencia se desarrolla libre de toda influencia teórica, social o histórica.

La otra cuestión de desacuerdo tiene que ver con el valor que se le otorga a las teorías científicas, y consiste en decidir si la validez de las teorías científicas es determinada exclusivamente o no por las características de la Naturaleza, independientemente de los científicos que las generan. La primera de las alternativas, denominada realismo científico, considera que la propia Naturaleza, ajena a los científicos que generan las teorías, es la única juez de la validez de éstas, ya que el criterio de validez de una teoría viene dado por su capacidad de describir algún conjunto de fenómenos de la Naturaleza. La segunda de las posibilidades considera que, en la práctica, la validez de una teoría también depende en buena medida de la propia comunidad de científicos que la genera y la juzga. En este sentido, es paradigmática la formulación del argumento que dice que "los científicos estudian un mundo del que ellos forman parte, y no un mundo en el que ellos estén aparte", lo que condiciona de forma inevitable la elaboración y el posterior análisis de las teorías (incluida la decisión de su validez).

Este breve discurso teórico sobre el debate filosófico de la naturaleza de la Ciencia, nos conduce a una cuestión ineludible, dadas las características de esta publicación: ¿Qué valor tienen las consideraciones filosóficas que hemos presentado para los científicos y el desarrollo de su actividad? La respuesta es que, generalmente, la importancia es muy escasa y el motivo es muy sencillo: Existe una tradicional falta de conexión entre los científicos y los filósofos de la Ciencia. De hecho, son una mayoría los científicos que desconocen los elementos básicos del análisis filosófico de la Ciencia y, paralelamente, una buena parte de los filósofos de la Ciencia nunca ha participado de forma directa en alguna actividad científica. Se trata de una ignorancia mutua que se gestó desde el Renacimiento, cuando la Ciencia comenzó a perfilar su identidad como disciplina de conocimiento. Paradójicamente, la mayor parte de los científicos toma partido, de una forma implícita, por una de las opciones que hemos expuesto anteriormente.

Y en este punto, me permito sugerir al lector que se plantee por unos segundos dos de las cuestiones de debate que hemos introducido y a continuación elija la opción más cercana a su modo de pensar: (1) ¿Concepción esencialista de la Ciencia o no esencialista? (2) ¿Valoración realista de las teorías o no realista? (Se permite releer los apuntes anteriores).

¿Ha elegido ya sus respuestas?... Pues bien, si ha mostrado su acuerdo con los argumentos esencialistas y ha optado por el realismo científico, se encuentra entre la gran mayoría de científicos o personas cercanas a la actividad científica. De lo contrario, pertenece al "sector crítico" dentro de la comunidad científica.

Existe una explicación que justifica por qué la mayor parte de científicos o personas cercanas escogen las primeras opciones. El esencialismo y el realismo científico son concepciones menos complejas, que no admiten zonas grises y que por tanto, se enseñan a los estudiantes con preferencia a otras alternativas. Además, esencialismo y realismo científico también conceden a la actividad científica una mejor definición y valoración de sus resultados.

Hay, además, otra cuestión. La adopción de un concepto esencialista de la Ciencia conduce a una definición autosuficiente de la misma que ignora la propia Filosofía de la Ciencia. Esto se debe a que la definición esencialista reconoce que sólo aquello que es verificable según el método hipotético-deductivo es objeto de la Ciencia; por tanto, las cuestiones filosóficas (que no son verificables en este sentido) quedan fuera de su campo.

Esta falta de relación, sin embargo, carece de sentido desde un punto de vista epistemológico y hace que los autores de uno de los trabajos citados a lo largo de este artículo [Eflin et al. 1999. J. Res. Sci. Teach. 36:107-116] sugieran que sería muy conveniente introducir en los diferentes niveles de enseñanza de disciplinas científicas conceptos y argumentaciones relacionadas con la Filosofía de la Ciencia. En este sentido, proponen que en niveles preuniversitarios sería adecuado introducir contenidos relacionados con el debate del empirismo científico (para profundizar en el valor de la experimentación como fuente de conocimiento) y con las teorías de T.S. Kuhn (en particular los aspectos que hacen referencia a los condicionantes históricos y sociales de la Ciencia). Por el contrario, los autores no son partidarios de introducir el debate sobre el carácter de la naturaleza de la Ciencia ni sobre el realismo científico en estas etapas. Estos temas serían más apropiados para estudiantes universitarios o de postgrado, capaces de abordar temas de semejante complejidad.

Quizá estemos ya en el camino de conseguir que los científicos mejoren su formación en Filosofía de la Ciencia, tal y como demandan muchos filósofos. Para entonces ya sólo será necesario que los filósofos de la Ciencia se acerquen un poco más a la actividad científica cotidiana y la relación entre Filosofía y Ciencia podrá desarrollarse en la medida que le corresponde.

Manuel José Andreu Guerrero es Profesor de Educación Secundaria en el IES "Las Viñas" de Mollina (Málaga)